Un Grito Silencioso en los Márgenes de Cali

Javier Moises Renteria-Hurtado

Especialista en Derechos Humanos, Desarrollo Sostenible y Políticas Internacionales | Enfoque en Comunidades Afrodescendientes y Diversidad Cultural | Innovador Empresarial y Académico Multidisciplinario

 

La vibrante ciudad de Cali se ha visto sacudida en los últimos días por una oleada de atentados que han dejado a su paso muerte, heridos y una profunda zozobra. Explosiones en estaciones de policía y el uso de artefactos explosivos artesanales han puesto de manifiesto una escalada de violencia que, si bien impacta a la sociedad en su conjunto, revela una cruda realidad que se cierne con especial virulencia sobre los barrios más vulnerables de la ciudad.

No es casualidad que estos ataques, o sus reverberaciones, se sientan con mayor intensidad en los barrios periféricos, en las comunas que han sido históricamente el refugio de las poblaciones afrodescendientes y desplazadas del Pacífico colombiano. Lugares como Aguablanca, Navarro, o El Troncal, que emergen como nombres recurrentes en el eco de esta violencia, son mucho más que puntos geográficos; son microcosmos de resistencia y supervivencia, habitados por hombres y mujeres que, huyendo de un conflicto que los persigue incansablemente en sus territorios de origen, encuentran en la urbe una promesa de paz que a menudo se desvanece entre la indiferencia y la revictimización.

La violencia, para estas comunidades, no es un fenómeno esporádico o ajeno; es una sombra que los ha acompañado a lo largo de sus vidas. Huyendo de la barbarie en sus tierras ancestrales, con la esperanza de reconstruir sus vidas en un entorno urbano, se encuentran de nuevo atrapados en la vorágine de un conflicto que muta y se expande, pero que mantiene inalterable su predilección por los cuerpos y los territorios más marginados. La vulnerabilidad de las personas negras en Colombia es una herida abierta, una deuda histórica que la sociedad colombiana aún se niega a saldar. Son ellos, una y otra vez, quienes asumen el costo más alto de una guerra que no les pertenece, de disputas ajenas que encuentran en sus barrios empobrecidos el escenario perfecto para desatar el terror.

En este contexto, las palabras de Frantz Fanon resuenan con una lucidez escalofriante. En su obra Los Condenados de la Tierra, Fanon desentraña cómo la violencia colonial y poscolonial no solo deshumaniza a los oprimidos, sino que también los arrastra a un ciclo de desesperación y resistencia. La experiencia de estas comunidades afrodescendientes en Cali es un eco trágico de este análisis. La violencia sistemática, sea por la acción directa de grupos armados o por la omisión estatal, perpetúa un estado de “no-ser” que impide la plena realización de su humanidad. “Para el oprimido,” diría Fanon, “la vida no es una contemplación, sino una praxis, una acción de liberación.” Sin embargo, ¿cómo se libera quien es constantemente perseguido, quien ve su vida amenazada incluso en los espacios que creía seguros?

La respuesta no es sencilla, pero exige una profunda reflexión y, sobre todo, una acción contundente. No basta con lamentar los hechos; es imperativo reconocer la dimensión racial y socioeconómica de esta violencia. La seguridad no puede ser un privilegio reservado para unos pocos; debe ser un derecho garantizado para todos, especialmente para aquellos que han sido históricamente despojados de él. Cuando la Vicepresidenta de Colombia se pronuncia sobre esta oleada terrorista, subraya la responsabilidad del gobierno en garantizar la seguridad y tranquilidad. Pero esta garantía debe trascender el discurso y materializarse en políticas públicas que aborden las causas estructurales de la vulnerabilidad, que inviertan en desarrollo social, en oportunidades, y que garanticen la presencia integral del Estado en estos barrios, no solo con fuerza pública, sino con justicia social.

Los atentados en Cali no son solo estadísticas; son el rostro de una violencia que se ensaña con los más débiles, con aquellos que han sido condenados a vivir en los márgenes de una sociedad que a menudo los olvida hasta que el terror golpea a sus puertas. Es hora de romper este ciclo de invisibilidad y sufrimiento. Es hora de escuchar el grito silencioso que emana de estos barrios, un grito que nos interpela a todos sobre la clase de país que queremos construir, uno donde la vida de cada ser humano, independientemente de su origen o color de piel, sea verdaderamente sagrada.

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