La Violencia Silenciosa y la Deuda Estatal

Javier Moises Renteria-Hurtado

Especialista en Derechos Humanos, Desarrollo Sostenible y Políticas Internacionales | Enfoque en Comunidades Afrodescendientes y Diversidad Cultural | Innovador Empresarial y Académico Multidisciplinario

 

La región del Pacífico colombiano, un territorio de inconmensurable riqueza cultural y biodiversidad, se encuentra hoy más que nunca asediada por una crisis humanitaria multidimensional. Las noticias recientes de la última semana, provenientes de Buenaventura, el Cauca y el Valle del Cauca, dibujan un panorama desolador donde la violencia armada, la precariedad social y la negligencia estatal se entrelazan, tejiendo un manto de zozobra sobre sus comunidades. Abordar estos hechos exige trascender la mera descripción de los sucesos y adentrarnos en una lectura crítica de sus implicaciones para la vida, la dignidad y el futuro de sus habitantes. Es imperativo que este análisis se erija como un llamado de atención a las administraciones locales y nacionales, cuya responsabilidad primordial es garantizar la seguridad y los derechos humanos de sus ciudadanos, especialmente en contextos de alta vulnerabilidad.

Buenaventura.

Los eventos de los últimos días en Buenaventura son un crudo recordatorio de la fragilidad de la paz en la región. La detonación de un artefacto explosivo el pasado viernes 14 de junio en la zona insular, que afectó un taxi y dejó dos personas heridas en cercanías a la empresa Ciamsa e inmediaciones de los barrios Santa Rosa y el Jorge, no es un hecho aislado. Se inscribe en una escalada de hostigamientos que buscan desestabilizar la cotidianidad y sembrar el terror. Como señala Frantz Fanon en Los condenados de la tierra, la violencia en contextos coloniales y poscoloniales no es meramente un acto criminal, sino una manifestación de la deshumanización impuesta y la lucha por la liberación o el control de los cuerpos y los territorios. En Buenaventura, esta violencia adquiere tintes de una guerra de baja intensidad que se libra en las calles, afectando directamente la vida de sus habitantes.

La respuesta de la Administración Distrital, con la activación de un Consejo de Seguridad y la oferta de recompensas de hasta 50 millones de pesos, si bien necesaria, a menudo se percibe como una reacción tardía ante un problema estructural. La violencia se ha incrustado en el tejido urbano, como lo demuestran los lamentables fallecimientos de César Javier Caicedo, un joven de 29 años en situación de calle víctima de arma de fuego en el barrio Las Américas, y Kevin Santiago Lozano Llantén, un adolescente de tan solo 18 años, en una compraventa del barrio El Jorge. Estos casos nos obligan a cuestionar las redes de protección social y las oportunidades que el Estado debería garantizar. La violencia aquí no solo arrebata vidas, sino que también anula la posibilidad de una existencia digna, sumiendo a los más vulnerables en un ciclo de desesperanza.

La captura de alias “Alex”, presunto secuestrador y extorsionista de un comerciante de verduras el 3 de septiembre de 2024, aunque representa un avance judicial, subraya la persistencia de estructuras criminales como “Los Shotas” en la Comuna 12, que operan con impunidad, erosionando la confianza ciudadana y limitando el ejercicio de derechos fundamentales. Walter Mignolo, desde su análisis de la descolonialidad del poder y el saber, nos recordaría cómo estas lógicas criminales son a menudo herederas de estructuras coloniales de explotación y control, donde ciertos cuerpos y territorios son considerados prescindibles. La ausencia de un control territorial efectivo por parte del Estado legitima tácitamente la violencia como mecanismo de regulación social y económica. Además, el lanzamiento de un artefacto explosivo contra el CAI Pailón en Buenaventura en el marco de la reciente ola de atentados, aunque sin afectar a civiles o policías, es una señal inequívoca de la audacia con la que operan estos grupos.

Cauca y Valle del Cauca.

El panorama en el Cauca y el Valle del Cauca no es menos alarmante, y de hecho, ha experimentado una escalada dramática en los últimos días. La base militar en Guapi fue blanco de un ataque con explosivo en las últimas horas (jueves 13 de junio o viernes 14 de junio), dejando daños materiales y evidenciando la capacidad destructiva de los artefactos utilizados. Este suceso, junto con la tensa situación de orden público en Santander de Quilichao, con uniformados de la Policía Nacional heridos en medio de un fuerte hostigamiento, evidencia el resurgimiento de grupos armados ilegales y su capacidad de intimidación.

La ola de atentados simultáneos registrada el viernes 14 de junio y el sábado 15 de junio en Cali, Jamundí, Corinto, El Bordo, Timbiquí, Buenos Aires, Toribío (Cauca) y otros municipios, es una manifestación particularmente cruel de esta recrudescencia del conflicto. La autoría, atribuida a las disidencias de las disidencias de las FARC-EP, en especial el frente Jaime Martínez, en conmemoración de alias “Mayimbú” abatido en junio de 2022, revela una lógica de retaliación que tiene a la población civil como principal víctima. Los ataques con carros bomba y cilindros bomba en El Bordo, Patía, y Corinto, que afortunadamente no dejaron afectaciones humanas pero sí daños en viviendas y establecimientos comerciales, son claros ejemplos de lo que Rita Segato denomina la “pedagogía de la crueldad”. Estos actos de violencia extrema buscan reconfigurar el orden social a través del miedo y la anulación de la voluntad de la población, demostrando un desprecio absoluto por el Derecho Internacional Humanitario y los derechos humanos.

En Cali, la situación ha sido especialmente preocupante con tres atentados simultáneos el viernes en las estaciones de Policía de los barrios Meléndez, Manuela Beltrán y Marroquín, además de un incidente en Jamundí. La explosión de un artefacto en la Estación de Policía Manuel A. Beltrán y la muerte de un sujeto que intentaba instalar un artefacto explosivo en la Estación de Policía Los Mangos, así como la captura de 12 personas y la incautación de cinco armas de fuego de alto calibre tras el homicidio de un joven de 19 años en el barrio Municipal, son pruebas de la magnitud de esta ofensiva. La Policía Nacional logró desactivar seis cilindros bomba encontrados en la vía Palmira hacia el aeropuerto, lo que evitó una tragedia aún mayor.

El hecho de que el alcalde de Cartago, Juan David Piedrahíta, haya sido víctima de un atentado armado el domingo 15 de junio mientras se dirigía a una zona rural, aunque afortunadamente sin consecuencias fatales para él, es un indicador sombrío de la vulnerabilidad de las autoridades locales ante la arremetida de estos grupos. La capacidad del Estado para garantizar la seguridad integral de sus funcionarios y de la población civil es un termómetro de su legitimidad y su compromiso con los principios democráticos.

Las Cifras que Duelen y la Urgencia de una Seguridad Humana

Detrás de cada noticia, de cada detonación, de cada vida apagada, hay un drama humano profundo que clama por atención. La persistencia de la violencia armada no solo genera pérdidas irreparables, sino que también limita el acceso a derechos básicos como la educación y la salud, y profundiza las desigualdades preexistentes en una región históricamente marginada. La marcha del silencio el sábado 14 de junio en Popayán, convocada por veteranos de la Fuerza Pública y la ciudadanía para rechazar la violencia y el atentado contra el senador Miguel Uribe Turbay, es un llamado desesperado de una ciudadanía que clama por paz, pero cuyas voces a menudo son silenciadas por el estruendo de las balas y la indiferencia institucional. Los siniestros viales, como el ocurrido en la vereda González de Popayán el sábado 14 de junio, donde un ocupante de una motocicleta perdió la vida, y el accidente que tiene a la periodista Lina Palta en Cuidados Intensivos tras ser arrollada en el norte de Popayán, si bien no son directamente atribuibles a la violencia armada, reflejan la precariedad general de las condiciones de vida y la infraestructura en la región.

A esto se suma la vulnerabilidad ante los fenómenos naturales, como lo evidencia la ola invernal en La Cumbre, Valle del Cauca, el sábado 14 de junio, que provocó el crecimiento del río Bitaco y la monitoreo de varios afluentes. Si bien no directamente relacionada con la violencia armada, agrava las condiciones de vida de poblaciones ya de por sí frágiles, destacando la necesidad de una gestión de riesgo integral que no puede desvincularse de la seguridad humana. La buena noticia sobre la atención a las zonas afectadas por el vendaval en El Carmen de Atrato, Chocó, con la entrega de ayudas humanitarias a 180 familias y la promesa de rehabilitación de la Institución Educativa Marco Fidel Suárez, es un respiro en este sombrío panorama. Sin embargo, también es un recordatorio de que la presencia estatal efectiva y la inversión social son fundamentales para la resiliencia de estas comunidades, y que la seguridad no puede reducirse únicamente a la represión de la violencia, sino que debe incluir la garantía de condiciones de vida dignas.

Finalmente, la operación militar en la vereda Bocas de Cohembí, Barbacoas, Nariño, que resultó en un integrante de un grupo armado muerto, cinco capturados y un menor de edad recuperado, es una muestra de la constante confrontación en la región y la necesidad de proteger a la niñez del reclutamiento.

Transformación Estructural y la Responsabilidad del Estado

El Pacífico colombiano no es simplemente una suma de eventos violentos; es una región que exige una mirada profunda y una intervención estatal que trascienda la reacción coyuntural. La superficialidad en el análisis de estos hechos solo contribuye a perpetuar la indiferencia. Es crucial que el Estado colombiano, en todas sus dimensiones —desde las administraciones locales hasta el gobierno nacional— asuma una responsabilidad histórica con esta región. Esto implica no solo el fortalecimiento de la seguridad con un enfoque que respete los derechos humanos y la prevención, sino también una inversión sostenida en desarrollo social, económico y ambiental.

La seguridad, entendida como un concepto amplio de seguridad humana, debe ser el pilar fundamental de todo gobierno. Esto significa no solo la capacidad de proteger a los ciudadanos de la violencia armada, sino también la garantía de acceso a la educación de calidad, la salud, el empleo digno, la justicia y la participación ciudadana. La presencia integral del Estado, la generación de oportunidades para la juventud, la erradicación de las economías ilícitas y el desmantelamiento efectivo de las estructuras criminales son pasos ineludibles. La crítica a las administraciones es fundamental: no basta con la presencia reactiva ante los hechos de violencia; se requiere una política de Estado proactiva y estructural que aborde las causas profundas del conflicto. La falta de inversión social, la corrupción, la debilidad institucional y la histórica marginalización han abonado el terreno para que los grupos armados prosperen. Es la hora de que los gobiernos, tanto locales como el nacional, demuestren con acciones concretas su compromiso con el Pacífico, dejando de lado la retórica y asumiendo la urgente tarea de construir una paz duradera basada en la justicia social y el respeto irrestricto de los derechos humanos. De lo contrario, seguiremos lamentando vidas que se apagan y comunidades que se desangran, mientras el Pacífico colombiano continúa resistiendo, con la esperanza de que su clamor por la paz y la dignidad sea finalmente escuchado y atendido con la urgencia que merece.

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