Durante muchos años, los mapas han sido una herramienta importante para la civilización humana en su intento de reconfigurar “poder” y “dominio” sobre otros pueblos que habitan en diferentes territorios. Si dicha afirmación la relacionamos con la tesis sugerida por Firpi Carrión, Amann. y Jalón Oyarzun (2023) quienes argumenta en su texto “Contramapas: mujeres hacia una práctica cartográfica decolonial”, que los mapas han sido reconocidos como una herramienta gráfica fundamental para que las naciones europeas consolidaran su poder (p. 62). Así pues, el mapa se revela históricamente no como una representación neutral del espacio, sino más bien como un reflejo directo de las ambiciones imperiales.
Ahora bien, esto chocaría con la forma en que la ciencia cataloga esta área de estudio. En palabras de Juan Javier García-Abad Alonso, en su escrito Desarrollo y evolución histórica de la Cartografía (Documento 2 de la asignatura Cartografía Ambiental). Nos describe que la cartografía -con un especial énfasis en la corográfica- nace de la necesidad de “descubrir y comprender la verdadera naturaleza del medio ambiente, del paisaje, de los ecosistemas, de la biosfera u otros conceptos que actualmente se manejan de modo habitual (donde) fue necesario previamente descubrir, describir e investigar la propia Tierra” García-Abad (s.f.).
Si bien aunque esta definición parece acertada, cae en los sesgos discriminantes y en visiones puramente eurocentristas que sitúan a Europa (y por extensión a Occidente) en el centro de la historia, la ciencia y la cultura, utilizándola como el modelo exclusivo de civilización y progreso para el resto del planeta, se dejan de lado los conocimientos ancestrales y el pleno dominio que otras culturas como la maya o la egipcia ya tenían sobre la naturaleza y del medio ambiente.
Las demarcaciones (fronteras) y líneas trazadas por los europeos estuvieron basadas en visiones puramente extractivistas, coloniales, de dominio económico por extraer los recursos de las regiones en Abya Yala. Los colonizadores Llegaron con el ideario de que ellos representaban la cima de la civilización, la verdadera religión y el progreso, lo que les otorgaba el derecho y el deber de dominar las nuevas tierras. Esto provocó un choque violento que ignoró por completo que el “ecosistema” y el “paisaje” ya integrado a la cultura de quienes habitaban el territorio.
Debido a eso, y poniendo a colación lo antes descrito, la cartografía oficial -entendida como el conjunto de mapas, planos y bases de datos geográficos elaborados, validados y publicados por una administración- ha sido históricamente una herramienta de despojo y ceguera intencionada.
Frente a esto, la contra-cartografía, y de manera concreta la del Pacífico colombiano; surge como una práctica de resistencia, denuncia y transformación social y comunitaria. Esta en su ensencia no se limita a ser un simple ejercicio geográfico, sino que se convierte en un instrumento político y económico de soberanía local de las comunidades. Cuando las comunidades mapean sus propios procesos laborales, marítimos, económicos y alimentarios, dejan de ser una fuerza de trabajo pasiva para transformarse en administradoras de sus propios entornos; es decir: si dominan el mapa, dominan su territorio.
De ahí que, ya desde el siglo XVII incluos mucho antes, los pueblos negros traídos a Colombia, y quienes ya habitaban en Abya Yala utilizaran el mapa como una guía y herramienta de demarcación, localización y en algunos casos de escape. Un ejemplo de esto es lo señalado por Byrd y Tharps (2014, citados en Firpi et al. 2023), quienes exponen cómo las mujeres negras utilizaban sus cabelleras como lienzos de representación: a través de trenzas y peinados, las madres dibujaban rutas de plantaciones, caminos y ríos. El fin de estos mapas vivos era guiar la huida hacia la libertad y permitir la conformación de palenques, aquellos asentamientos fortificados y ocultos en medio de las selvas construidos por quienes lograban escapar del yugo colonial europeo.
Ahora bien, al hacer una retrospectiva sobre cómo conciben los mapas algunos pueblos del Pacífico colombiano, se evidencia que la disputa no es solo por la dominación física del territorio; existe todo un andamiaje sobre la forma en que el Estado y los grupos ilegales violentos, imaginan y gestionan el espacio. Por un lado, para la visión estatal y corporativa, el mapa viene funcionando bajo una lógica que puede denominarse de “vaciamiento”, mediante la cual se omite a quienes habitan el territorio para dar cabida a proyectos extractivistas sin consulta previa, bajo el supuesto de que la zona está vacía. Por su parte, para las organizaciones que se disputan el poder ilegal, el mapa es un instrumento de dominio y control; el espacio geográfico se convierte en un activo estratégico, financiero y político, necesario para garantizar su supervivencia frente al Estado.
Un caso que personifica esta tensión entre la cartografía de la vida y la cartografía del despojo es el departamento del Cauca: tierra ancestral versus geopolítica criminal. El Cauca es un corredor geográfico estratégico que conecta la cordillera de los Andes con el océano Pacífico, el cual está inmerso en una disputa campal entre actores con visiones de territorio completamente opuestas. Al respecto, el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) documenta que en este departamento se identificaron los repertorios y las motivaciones de exterminio cultural que los actores armados han utilizado contra las comunidades indígenas y negras (2013, p. 278). Es decir, existieron y existen métodos de violencia (repertorios), así como razones económicas y militares (motivaciones), dirigidos a borrar la identidad y el sentido de pertenencia territorial.
Sin embargo, la lucha de las comunidades por permanecer en sus territorios rompe estas barreras violentas. Entender la contra-cartografía de las comunidades locales implica reconocer un ecosistema de saberes aprendidos desde la niñez, una transmisión heredada de padres a hijos que asegura la supervivencia de sus rutas de pesca, de sus fincas y del monte. Frente al mapa de la violencia que intenta borrarlos, la memoria comunitaria traza su propio mapa vivo; una cartografía de la permanencia donde el territorio no es un trozo de tierra explotable, sino el tejido mismo de su existencia diaria.
Sobre el Autor
Javier Moises Renteria Hurtado
Investigador especializado en el análisis de dinámicas sociales, políticas y culturales vinculadas a África y América Latina. Como colaborador en proyectos desarrollados en IELAT y CIDAF-UCM, ha participado en iniciativas orientadas a la producción y difusión de conocimiento crítico sobre relaciones internacionales, diversidad cultural y justicia social, doctorando en Economía y Empresas por la Universidad Autónoma de Madrid.

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