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El pueblo donde nunca deja de llover

Dicen que en lo profundo del Pacífico, existe un pueblo donde nunca deja de llover. Pero no es una lluvia furiosa, sino una lluvia cansada, de esas que enfrían el alma. Las abuelas dicen que no es lluvia.

Son lagrimascorrigen, porque el cielo no ha dejado de llorar lo que pasó allí.

El pueblo es pequeño, tan pequeño que todos saben cuándo alguien se acuesta sin comer y cuándo una olla hierve solo para engañar al estómago. La tierra siempre está blanda, los caminos se hunden y las casas huelen a madera mojada.

Allí vivía un niño. Era noble sin saberlo y sonreía incluso cuando no había razones. Había aprendido pronto que, en ese lugar, la tristeza se pegaba fácil. Tuvo un hermano menor, tan pequeño que el hambre lo alcanzó primero. Ese día el niño entendió algo que ningún niño debería entender: que a veces la muerte llega bajito sin ruido, cuando lo poco no alcanza para todos.

Desde entonces, la madre trabajó más. Salía antes de que amaneciera y volvía cuando el niño ya estaba dormido, no por falta de amor, sino por miedo a perder otro hijo. Así el niño pasó muchos días solo, con hambre, pero con el corazón todavía abierto.

Aquel día había salido de casa con un encargo sencillo: llevarle un pedazo de pan a una vecina que no había podido levantarse de la cama. Era poco pan, uno solo, duro por los bordes, suficiente para cumplir y para quedarse sin nada. La vecina no abrió. El niño esperó un rato, llamó dos veces y no obtuvo respuesta. Guardó el pan otra vez y emprendió el camino de regreso, con el estómago apretado y la lluvia calándole los hombros.

Entonces lo vio, no parecía un perro al principio; era apenas una forma oscura, hecha de lodo, quieta junto al camino. No levantó la cabeza ni pidió nada. El niño se detuvo. Pensó en su hermano, pensó en la vecina, pensó en su madre trabajando bajo la lluvia. Partió el pan en dos sin pensarlo, como si el gesto ya estuviera decidido desde antes. Cuando extendió la mano, el perro se dejó tocar. Y el suelo, en ese mismo instante, brilló.

La primera pepita

El niño no se movió enseguida. Miró el suelo, como si no confiara en lo que veía. Entre el barro, algo brillaba. No era grande ni perfecto: era apenas una pepita dorada, todavía sucia, como si no hubiera terminado de nacer.

El perro seguía quieto, empapado, dejándose tocar como si ese gesto fuera lo único que sabía hacer. El niño tomó la pepita y la guardó en el bolsillo, no por avaricia, sino porque no sabía qué más hacer con ella. Luego siguió su camino.

Cuando llegó a casa, la madre estaba cansada, más que otros días.

—¿Entregaste el pan? —preguntó.

El niño negó con la cabeza y sacó la pepita. La madre la miró largo. No sonrió.

—¿De dónde salió? —fue su mayor preocupación —De un perro —dijo él—. Está afuera.

Salieron juntos. El perro no se movió. El niño volvió a acariciarlo y otra pepita cayó. Y entonces alguien más lo vio. Luego otro. Luego el pueblo.

No llegaron corriendo; llegaron con cuidado, como quien no quiere espantar algo frágil.

Es oro —dijo alguien al fin.

Esa noche hubo comida. No abundante, pero suficiente para que el hambre se callara un rato. Nadie habló del perro. Nadie preguntó de dónde venía el oro ni por qué salía de una caricia. Solo volvieron a tocarlo.

Casi nadie notó que, después de la segunda pepita, los dedos del niño ya no se doblaban igual, ni que su piel, bajo la lluvia, brillaba un poco más que antes.

—Debe ser el frío —dijo la madre—. Aquí todo se endurece.

El niño sonrió. Y el perro, por primera vez, bajó la cabeza.

Cuando el oro empezó a pesar

Al principio, el oro solo ayudó. Compró arroz, compró sal, compró días sin hambre. El pueblo respiró. Las ollas sonaron distinto, los niños dejaron de contar los granos y las madres durmieron un poco más.

El perro se quedó. No entraba a las casas, no pedía nada, solo esperaba. El niño lo acariciaba cuando alguien lo pedía. Una caricia, una pepita. Dos caricias, dos pepitas. Con cada una, el pueblo mejoraba y el niño se volvía más quieto.

Primero fue la mano, luego el brazo, después la piel del pecho. No dolía; eso era lo más extraño. Solo pesaba. El niño ya no corría bajo la lluvia: caminaba despacio, medía cada paso.

—Estás creciendo —decían—. Por eso te mueves así.

Él sonreía, porque era verdad que estaba creciendo, aunque no de la manera correcta.

El perro dejó de mirarlo a los ojos. Y el oro, que antes era alivio, empezó a quedarse. El pueblo ya no pedía comida: pedía más. Más caricias, más pepitas, más brillo. Y nadie quiso ser el primero en decir que ya era suficiente.

Lo que el oro pidió a cambio

El oro enseñó al pueblo a querer cosas nuevas: techos que no goteaban, ropa que no se remendaba, herramientas que brillaban, aunque no se usaran. Y con cada deseo, una caricia más.

El niño empezó a esconder las manos, a cruzar los brazos, a mirar al suelo. Pero el pueblo aprendió a llamar.

—Solo una más —decían—

—Es por todos —decían—

—Tú eres bueno —decían—

Y él lo era.

El perro gruñía bajito, no de rabia, sino de aviso. Una mañana, el niño despertó y su pierna no respondió. Era dorada hasta la rodilla, pesada, fría.

Su madre lloró en silencio mientras contaba las pepitas sobre la mesa. No dejó de hacerlo, porque el miedo también pide oro.

El niño se sentó en la plaza por primera vez, con el perro a su lado, quieto como una piedra viva. La lluvia no paró, pero ahora sonaba distinto al caer sobre el oro, como si el cielo ya supiera lo que estaba pasando.

Cuando el pueblo aprendió a pedir

El pueblo ya no pedía permiso. Aprendió a pedir como se pide al río: con las manos abiertas y los ojos cerrados. El niño dejó de ser niño, no por crecer, sino por quedarse quieto.

Su otra pierna empezó a brillar; luego el pecho; luego la sonrisa, que ya no dolía porque casi no se usaba. Algunos traían al perro con sogas, otros con halagos, otros con amenazas.

—Es solo tocarlo —decían—

—Es para todos —decían—

Y el niño asentía, porque había aprendido que decir que no también tiene un precio.

El perro ya no se acercaba a nadie. Solo al niño, solo cuando él lo llamaba con voz cansada. Las pepitas caían como si el suelo las conociera, y cada una pesaba más.

Una tarde, cuando el sol logró colarse entre las nubes por un segundo, el niño vio su reflejo en un charco y no se reconoció. No era un monstruo ni un rey. Era una promesa cumplida hasta el final.

Esa noche pidió algo por primera vez. No oro, no lluvia, no comida. Pidió tiempo.

El perro bajó la cabeza. Y el pueblo, sin saberlo, ya no lo escuchaba.

El peso de quedarse

La lluvia no paró, pero esa noche sonaba distinta, como si no cayera del cielo sino del pecho de alguien. El niño no salió a la plaza; por primera vez, el pueblo tuvo que esperarlo.

Su madre lo buscó cuando ya no quedaban voces. Lo encontró sentado, con la espalda recta y las manos sobre las rodillas. Una de ellas ya no era mano: era recuerdo.

—No más —dijo ella, tarde—. —Ya es suficiente.

El niño la miró como se mira algo que se ama, pero no se puede cargar.

—Si paro —respondió—, todo vuelve a ser como antes.

Ella no supo qué contestar, porque también tenía miedo de ese antes.

El perro estaba ahí, echado a los pies del niño. No brillaba, no lloraba, solo esperaba. El niño pasó la mano por su lomo una última vez. No cayó oro: cayó silencio.

Entonces entendió que ya había dado todo, menos lo único que aún era suyo. Se levantó. Cada paso sonaba distinto, como si el suelo aprendiera a despedirse.

El pueblo lo vio llegar cuando ya era casi estatua. Y por primera vez, nadie pidió nada. Solo miraron. Porque algunas riquezas no se tocan, y algunas decisiones no se devuelven.

El día que el cielo empezo a llorar

El niño llegó al centro de la plaza cuando la lluvia se volvió fina, como si el cielo contuviera el aliento. Se detuvo frente al lugar donde siempre se reunía el pueblo, ahí donde antes no había nada, salvo barro y huellas.

El perro se sentó a su lado. Por primera vez no estaba cubierto de lodo: la lluvia le había lavado el cuerpo y sus ojos eran hondos, antiguos. El niño lo miró y sonrió, no por alegría, sino por certeza.

Apoyó la mano sobre su lomo. No cayó una pepita. Cayó el último latido.

El oro avanzó despacio, como si dudara. Subió por los brazos, cerró el pecho, selló el rostro con una expresión tranquila. Cuando terminó, el niño ya no era niño. Era una estatua mirando al pueblo cómo quien todavía cuida.

Nadie gritó. Nadie se acercó. El perro lanzó un sonido bajo, que no fue aullido ni llanto, sino despedida. Luego se internó en la selva.

Dicen que el pueblo lo siguió, que uno a uno dejaron la plaza, pero nunca regresaron. Desde entonces, en ese lugar no dejó de llover.

Las abuelas dicen que no es agua, que es el cielo aprendiendo tarde cuánto pesa un corazón bueno. Y que, por eso, cuando alguien pregunta de dónde salió la estatua, nadie responde. Porque hay historias que no se cuentan para hacerse rico: se cuentan para no olvidar.

 


Sobre el Autor

Víctor Londoño

Manuel Castro es el seudónimo literario de Víctor Londoño, elegido en homenaje a su madre y a sus raíces familiares. Estudió Cine y Comunicación Digital en la Universidad Autónoma de Occidente, Arte y Diseño Visual en la Universidad Iberoamericana de León, y complementó su formación con estudios de posgrado en mercadeo y producción audiovisual para la infancia y la juventud. Su obra nace de una pregunta que lo ha acompañado desde la infancia: ¿a dónde pertenece alguien que crece entre distintas culturas? Criado en Cali, pero profundamente conectado con los orígenes de su familia en las costas del Pacífico colombiano, encontró en la escritura una forma de explorar la identidad, la memoria y el sentido de pertenencia.

A través de sus cuentos busca contribuir a la creación de nuevas narrativas inspiradas en la tradición oral del Pacífico colombiano, ofreciendo a niños, jóvenes y adultos que han crecido entre mundos distintos relatos en los que puedan reconocerse y encontrar un lugar para sus propias historias.


Comentarios

Una respuesta a «»

  1. Avatar de Yasmin Gutierrez
    Yasmin Gutierrez

    Victorio escritor,
    Honrando su trayectoria

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