¿Existimos de verdad si nadie nos nombra con respeto? ¿Puede sanar un pueblo cuya memoria oficial fue escrita por quienes lo sometieron?
Estas preguntas no son retóricas. Somos, en gran parte, lo que los documentos dicen que fuimos, cuando la historia oficial degrada de forma sistemática a un pueblo y los archivos custodian ese relato en silencio, el lenguaje se convierte en una extensión de las cadenas.
Hay un dolor que no siempre se ve pero que viven la niñez y los pueblos negros en Colombia y en buena parte de Abya Yala; el de ver a sus ancestros reducidos, en los documentos oficiales, a una sola palabra: “esclavos”, un término impuesto por la fuerza, como si esa fuera su identidad total. Antes de ser sometidas, y aún en medio del cautiverio, esas personas tenían nombre, idioma, cultura, saberes, religión y filosofía, la esclavitud fue algo a lo que fueron sometidos, no lo que eran.
El Archivo General de la Nación (AGN) es la institución que custodia la memoria documental de Colombia desde la época colonial hasta hoy, es, en otras palabras, el lugar donde el país guarda su historia, y en ese lugar convivían una riqueza invaluable y una herida silenciosa, no fue el AGN quien inventó esas palabras; las heredó del orden colonial que produjo esos documentos. Pero el tiempo pasó, y esos términos violentos permanecieron intactos, normalizados, enquistados en los sistemas de clasificación como si fueran neutrales y fue así como el lenguaje del opresor siguió siendo el lenguaje del archivo.
Hace un tiempo, el AGN abrió una consulta pública para discutir el renombramiento de esos fondos coloniales, convocando a comunidades afrodescendientes, pueblos indígenas, investigadores y ciudadanía en general. El proceso, impulsado bajo la dirección de Francisco Javier Flórez Bolívar, busca cuatro cosas concretas: Primero, que los catálogos y sistemas de búsqueda dejen de usar categorías obsoletas y deshumanizantes, sustituyéndolas por términos que reconozcan la condición de personas esclavizadas y su agencia histórica. Segundo, democratizar ese espacio llevando a jóvenes afrodescendientes a revisar testamentos, cartas de compraventa y juicios coloniales. Tercero, poner en la agenda pública un debate que antes se consideraba “exagerado” o puramente académico. Cuarto, instalar un nuevo sentido común en el lenguaje educativo y social del país, sin duda, este es un acto de restitución simbólica que reconoce que, quien controla cómo se nombra el pasado, controla cómo se entiende el presente.
La historia oficial ha sido un engranaje sistemático de deshumanización, y los archivos, en lugar de cuestionar ese relato, lo custodiaron en silencio.
Por eso, renombrar implica desmontar los criterios tradicionales de la descripción archivística, abrir las puertas a las comunidades afrodescendientes e indígenas para que reclamen el derecho a nombrarse, y sostener una conversación institucional incómoda, pero urgente, sobre cómo los archivos han sido cómplices de la reproducción del racismo en la nación.
Esta iniciativa del AGN nos sacude porque las palabras con las que el Estado guarda nuestra historia aún nos pueden degradar, o pueden restituirnos, cuando un descendiente de personas esclavizadas abra ese catálogo y ya no encuentre a sus ancestros bajo el término “esclavo”, sino bajo la condición de “personas esclavizadas”, algo cambia. No se borra el dolor ni el trauma colonial, pero se restituye, al menos en parte, la humanidad que ese sistema se empeñó en negar, los archivos son siempre un presente que habla del pasado.
Que ese presente hoy hable con dignidad es la verdadera conquista.
Sobre el Autor
CEO @NarrativasPrietas. Abogada con enfoque en Derechos Humanos. A través de su liderazgo en programas sociales y comunitarios, ha impactado a mas de 500 personas, especialmente a jóvenes y mujeres afrodescendientes. Fellow en liderazgo y construcción de paz, egresada de alta gerencia y seleccionada en programas con formación de alto impacto social.

Deja una respuesta